domenica 4 maggio 2014
Hace tiempo -no mucho pero no poco-, existían dos personas que creían estar destinadas para sí mismas. Se conocieron el día menos esperado, en las circunstancias menos imaginables. Coincidieron dos almas, dos destinos. Eran diferentes y a la vez similares.
Al paso del tiempo, descubrieron que no existía mayor química en el mundo como la que había entre ellos. Aún eran amigos, pero no exactamente el tipo de amigos «tradicionales». Ambos sabían que tarde o temprano serían algo más.
Él hacía todo lo que estaba a su alcance para conquistarla, detalles que jamás había tenido con ninguna otra chica. Ella, por su parte, «se hacía la difícil», pero sin dejar de darle pistas que le indicaran a él que ella lo quería de igual manera.
Siempre que charlaban, terminaban riendo acerca de lo más simple y cotidiano. ¡Qué envidia provocaban en todo aquel que los veía! Miraban las nubes y las estrellas, cantaban y escribían poesía. Se querían. Se estaban enamorando.
Él hacía planes a futuro, siempre incluyéndola en primer lugar. Ella sonreía al escuchar las locuras que él proponía. Locuras llenas de amor, de esas que solo se hacen una vez en la vida. Escribieron una lista de objetivos por cumplir, siempre juntos, siempre como el equipo que estaban formando.
Mientras más pasaba el tiempo y más se conocían, más detalles de su pasado compartían. Él había
tenido experiencias tristes, había querido demasiado a personas que no merecían su cariño. A ella la habían decepcionado varias veces, tantas, que juró no volver a amar en la forma en que lo había
hecho. Ni siquiera al nuevo chico que le hacía vibrar al mirarlo a los ojos.
Él lo sabía y se arriesgó. Pero un día como cualquier otro, ella empezó a cambiar. Su voz denotaba un sentido taciturno, nada más alejado de lo que él atesoraba. Y fue entonces cuando él le preguntó si ya era el momento adecuado para dar el siguiente paso.
—No puedo corresponderte— dijo ella.
—¿Por qué no puedes hacerlo?— preguntó él.
—Entiéndeme, aún no han sanado mis heridas.
—Aquí estoy para curarlas y para que jamás vuelvas a sufrir.
Ambos argumentos eran válidos: ella no podía amar a alguien todavía, y él solamente quería hacerla inmensamente feliz.
¿Que pasaría? Lo opuesto a una historia de película: el trato entre ellos se convirtió en un vaivén entre convencerla de arriesgarse y convencerlo de ovidar lo que sentía.
Ella eligió darle un descanso a sus sentimientos para aclarar su corazón. Sin embargo, durante un tiempo él no desistió en su intento por hacerla cambiar de parecer. No sucedió así.
Él deseaba ser inventor y construir una máquina del tiempo y viajar al pasado para evitar que ella sufriera. Deseaba ser adivino y visualizar su futuro al lado de ella. Deseaba besarla sin tener que pedir perdón por su atrevimiento.
Las palabras que allguna vez ella pronunció con sutileza siguieron retumbando en la mente de él:
«eres la persona correcta en el momento equivocado». Ése era el único consuelo real que a él le quedaba.
Ella se fue de la ciudad, y tal vez en un nuevo viaje conocería a alguien más que le hiciera tener esperanza nuevamente. Él se quedó con el recuerdo de la última frase que ella pronunció mientras se alejaba después de un abrazo final, frase que él nunca podrá olvidar:
«Congela lo que sientes. Si algo no termina mal, no termina nunca. Los sentimientos siempre se quedan ahí.»
Lamentablemente el autor no lo conosco, pero el relato es demaciado bello, cada vez que lo leo no puedo dejar de leerlo de nuevo.
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